Para escribir este artículo hay que abrir pecho y hurgar dentro. No vale solo con citar los datos: 37 mujeres asesinadas en España por violencia machista en 2021 y 1.118 desde que se contabilizan estos asesinatos, desde 2003. Tampoco vale solo con hablar de nuestro futuro (“Seis de cada diez jóvenes españoles conoce un caso cercano de violencia de género”, “Un 4% de las víctimas de la violencia de género en España tienen menos de 21 años y 13 de ellas son menores de edad”). No, no vale, y este es el por qué.
No vale porque nos deshumaniza, porque nos convierte en seres abióticos, en porcentajes, en cosas que no son alma, ni cuerpo, ni corazón. Sé que pensar en cómo habría sido la vida de cada una de las españolas que han sido víctimas del machismo es, mental y emocionalmente, inabarcable. Pero hagamos un ejercicio, pensemos en una sola de ellas, en una de las menores de edad. La llamaremos Sofía.
Si no existiera la violencia machista, Sofría habría terminado sus estudios, o tal vez los habría abandonado debido a la rebeldía de la adolescencia o a unas prematuras urgencias por ser adulta y empezar a trabajar. Terminaría con su pareja de forma cordial, sin grandes dramas, se distanciarían unos años y más tarde volverían a ser amigos. Y seguiría cumpliendo años y celebrándolo junto a sus seres queridos, creciendo, madurando.
Viviría experiencias por primera vez, como viajar, enamorarte… Y tendría sus días buenos, pero también malos, de esos que no quieres ni ver cómo atraviesa el sol las tablas de la persiana. Entonces llegaría su madre, su padre o su mejor amiga a levantar esa persiana por ella, para que pudiera ver la luz desde la oscuridad.
Sofía habría tenido una vida. Habría sido madre, tal vez, habría sido una mujer querida y habría querido a raudales, habría hecho feliz a muchas personas. Pero el de Sofía es un amor que sólo podemos imaginar en estas líneas, porque el machismo decidió acabar con su vida para siempre. A Sofía y a mil ciento dieciocho Sofías más, les robaron la posibilidad de crecer, de equivocarse, de sentir y de realizarse como personas.
Este 25 de noviembre, este medio alza la voz por las que fueron silenciadas, por las que enmudecieron para siempre. Espero que os llegue nuestro beso al cielo y que estéis orgullosas del camino que seguimos construyendo para que vuestras historias no se repitan nunca más.
Y a las que siguen, a ti que nos lees, ojalá te puedas ir antes del primer acto violento, ojalá puedas alejarte de donde te menosprecian, ojalá sepas que los celos no son amor y que no estés soportando en silencio, que grites cuando lo necesites, pero que no lo necesites nunca. Que recuerdes que no estás sola, que las vivas y las muertas estamos contigo, que te vayas a tiempo… Que seas libre.



