Una mañana de primeros de agosto, en la puerta del Bar Rigui, me encuentro con Conchi. Nos saludamos y me contó que había pasado un verano lleno de viajes, tanto en excursiones como al hospital. Me decía que se encontraba muy delicada, pero con muchas ganas de hacer cosas. Le animé a que siguiera escribiendo porque “tienes una narrativa autóctona“ y ella me contestó muy satisfecha que “había presentado un relato corto a un concurso en Dos Hermanas y que había quedado finalista”. Sin parar de hablar le pregunté por su madre y me dijo que tenía muchas ganas de que fuera a visitarla (su madre y la mía son primas hermanas). Le dije que cuando pasaran las fiestas de la Romería iría a su casa, pues tenía muchas cosas que preguntarle por la historia de su abuela Luisa ‘la Matrona’, pues quería dedicarle un capítulo en este Rincón de la Memoria. Así quedamos, pero la muerte no tiene fecha, ni hora ni calendario, se presenta y ni se detiene ni hecha marcha atrás.
El domingo de la gira a los Molinos de Alcaudete de nuestra Romería, viendo pasar el Simpecado de Santa María del Alcor y todo su cortejo, me entero por causalidad de su muerte. Afortunadamente para mí, Conchi había escrito un artículo sobre su abuela en la Revista de la Santa Cruz del año 2003. En él redacta paso a paso la vida y las vivencias de su abuela. A mí me ha servido para asesorarme, por lo que con su artículo y mis recuerdos personales quiero dar vida y rescatar del olvido a su abuela.
Significado de Matrona: La matrona es la mujer que se dedica a ayudar a la mujer en el parto; puede ser titulada oficialmente o no tener títulos (Comadrona, Partera).
Me gusta empezar estas historias con algo que me relacione personalmente con el personaje, en este caso, fue sencillamente el primer ser humano que tocó mi cuerpo, pues ella siguió el embarazo y el parto de mi madre, no solo el mío, sino también el de mis hermanos.
Nace en nuestro pueblo en el año 1894, hija de Ramón Roldán ‘Pirulo’ y Luisa Palacios. A la edad de 13 años empieza a trabajar como sirvienta en la casa de Don Jesús Jiménez (Médico), pariente de su madre y que descubre en ella el interés que mostraba por estudiar medicina. Consigue de los padres de Luisa permiso para que se matricule en una academia de Practicantes y Matronas que él le busca y le paga. Con los 19 años cumplidos termina sus estudios. Comienza a trabajar en nuestro pueblo siempre con la supervisión de Don Jesús Jiménez y años más tardes con Don Manuel de los Santos; cuando los partos se ponían complicados y el médico aconsejaba su traslado a Sevilla, ella acompañaba a la parturienta.
Contrae matrimonio a los 25 años con José de los Santos Falcón. Tuvieron tres hijos Luisa, Pepe y Dolores, los dos últimos mellizos. Era costumbre en nuestro pueblo que la Matrona, después del parto, fuera cada día a bañar al bebé hasta que se le caía el cordón umbilical. Cuando llegaba el día del bautismo la matrona lo vestía y lo llevaba a la Iglesia para entregar el bebé a la madrina, en este punto terminaba su servicio, servicio que en muchas ocasiones apenas cobraba, pues en esos tiempos había muchas familias pobres. Imagínense, El Viso como casi todos los pueblos de la comarca, carecía de pocas calles iluminadas, si se puede decir iluminación una bombilla en cada bocacalle, y esto solo en las calles céntricas, sin acerados, ni asfaltadas sus calles, en las largas noches del invierno cuando estaba lloviendo era imposible llegar hasta muchas casas, por lo que tenían que trasportar a ‘la Matrona’ en burros e incluso en alguna ocasión, como dice Conchi en su artículo en cuestas del padre de la criatura.
Cuando el parto se complicaba, el médico aconsejaba dos cosas; esperar, para eso lo mejor que hacía Luisa era tomar una copita de anís para calmar los nervios, y el segundo consejo del médico era que había que trasladar a la parturienta a Sevilla, en muchas ocasiones tuvo Luisa que acompañarla y seguir ayudando a los médicos de la capital hasta que terminara el parto. Cuenta Conchi en su artículo al que me refería antes una historia muy interesante y que copio literalmente:
“En el año 1936 cuando estalló la guerra civil y estando nuestro pueblo tomado por piquetesde republicanos y hombres de izquierda, tenían éstos barricadas en las salidas y entradas de El Viso para que no pasaran las tropas nacionales, le vino a buscar a su casa un chaval a las doce de la noche asustado y tembloroso para que fuera con él a un caserío en las afueras de nuestro pueblo, pues su madre estaba con dolores de parto y su padre se encontraba en el frente muy lejos. Luisa se coloca el manto, coge su bolso donde guardaba los utensilios para el parto y se pone en camino carretera arriba, llegando hasta donde estaban las barricadas. Allí, unos milicianos le dan el alto, pero Luisa sin amedrentarse da su nombre: — Soy Luisa la Matrona y voy a asistir a una mujer que está de parto y vive en las afueras. Éste que me acompaña es su hijo mayor —. El grupo de milicianos, al escuchar su nombre, le da las buenas noches y haciéndole un hueco entre los árboles y las piedras que tenían formando la barricada la dejan pasar con gran respeto hacia su persona”.
Fui el segundo de mis hermanos y detrás de mí, mi madre tuvo tres más. En todos los partos intervino como matrona Luisa; recuerdo con mucho cariño cuando nacieron mis hermanos pequeños que Luisa llegaba por la mañana y todo era un acto solemne: el baño, el agua caliente, toallas limpias; mientras se preparaba todo, a la matrona se le obsequiaba con una copita de anís y algún aperitivo. En esos años los familiares, amigos y vecinos regalaban a la parturienta gallinas (para hacer un buen caldo), bizcochos de cacerolas (tradición musulmana) y roscas con ajonjolí (tradición heredada de los judíos), todo para la madre, para que les subiera leche a sus pechos y poder amamantar al recién nacido; más tarde se unían otros regalos como latas de melocotones en conserva, vino quinado, papeles de bizcochos hechos en casa y horneados en la panadería en horno de leña, esos bizcochos tan ricos, que terminábamos raspando con un cuchillo el papel de estraza y los famosos pechugones de Riaño. Yo permanecía en un rincón observándolo todo y esperando que mi madre me dijera que cogiera algún dulce.
Terminaba Luisa y hasta mañana, así hasta que al bebé se le caía el cordón umbilical.
Pasaron los años y cuando volví a contactar con Luisa fue cuando ejerciendo mi cargo de cartero. Iba todos los meses a pagarle el giro postal que el habilitado le enviaba cada mes, una paga bien merecida. Allí me atendía su hija Luisita, a la que tuve la suerte de contar con su colaboración en Cáritas Parroquial. Luisita ayudaba a su madre en los últimos años de trabajo, luego también la cuidó en la vejez, animándola y acompañándola hasta que un día gris de 1969 falleció. Recuerdo que su muerte me pilló haciendo el Servicio Militar y no pude asistir a su funeral. También recuerdo que le envié una carta a Luisita dándole el pésame a ella y a su familia. Cuántas cosas se podrían contar de una visueña que se dedicó a ayudar a traer al mundo visueñitos y visueñitas, en aquellos años de violencia, hambre y pobreza.
En otro artículo que publicó Mercedes Algaba Jiménez, dedicado a Luisa, en la Revista de la Santa Cruz que edita la Asociación Cultural Amigos del Viso del año 1996, un artículo muy breve pero con un gran contenido, decía entre otras cosas: “Desde aquí hago una petición a quien corresponda para que sea rotulada una de nuestras calles con su nombre, calle Luisa ‘la Matrona'». Termino esta historia, que tendríamos que firmar Conchi y yo, pero he preferido firmarlo yo y dedicárselo a su memoria.
Texto: José María López


