Me traslado a mi niñez, década de los cincuenta del siglo pasado, colegios en el Cuartel Viejo en la calle Convento. Escuelas sin calefacción, cristales rotos, mucho frío, sabañones en las manos, pies y orejas. Terminaba el horario de mañana y volvíamos cada uno a su casa. Por entonces yo vivía en la calle Rosario, en un piso encima del Bar San Isidro (Fino, después Moto y Lavija), subía calle La Palma arriba y en frente ‘El Verajoy’ vendiendo castañas calentitas, junto al callejón de Juan Cierra, al solito mañanero. Los niños rodeábamos el puesto como los indios alrededor de la candela, de vez en cuando humedecíamos los dedos y rozábamos la olla donde se cocían las castañas, la sal y la carbonilla creaban una costra blanquecina. Aunque no comiéramos castañas era un placer saborearlo. Se aproximaba la Navidad.
Emiliano Moreno Mesa es un personaje al que muchos recordamos con añoranza y los más jóvenes en muchas ocasiones han oído hablar de él. Nace en nuestro pueblo en el año 1907, jornalero, segador, recovero y vendedor de castañas y chucherías. Contrae matrimonio con Manuela Ruiz y tiene seis hijos. Me pongo en contacto con su yerno José Fernández Capitán, esposo que fue de su hija Mercedes. Nos citamos en la casa número 26 de la calle Horno y me sorprende que en el portal hay una foto de Emiliano y su esposa, después de 36 años de su muerte aún están presentes para sus herederos.
¿Por qué le llamaban ‘Verajoy’? Cuando andaba en nuestras calles vendiendo sus golosinas pregonaba «Anda y verás hoy, como te toca», neologismo popular por composición: uniendo dos palabras o parte de ellas, en este caso las palabras verás y hoy, se compone ‘Verajoy’, suprimiendo la s de verás y sustituyendo la h de hoy por la j, adquiriendo un sonido más contundente, mote que adquirió nuestro personaje y heredó toda su familia. Años difíciles aquéllos de mediados del siglo pasado. No existía la seguridad social, ni había paro, ni subsidios, ni ayudas, solo el jornal cuando el bracero trabajaba. Cuando no había trabajo y eso era un día sí y otro no, Emiliano se iba al campo a rebuscar, garbanzos, maíz, trigo y otros productos como la aceituna, las patatas y todo lo que pudiera dar la tierra, una vez que sus propietarios dejaban que las familias pobres recogieran. Con los garbanzos, trigo y maíz elaboraba fideos que vendía en Sevilla, pues también tocó el trabajo de recovero.
Cuando acababa la campaña de las castañas ideó un sistema para poder sacar a su familia adelante. En una pequeña mesa con dos asas de cuero y una reolina o ruleta en el centro y a su alrededor una serie de puntillas clavadas formando un circulo, en el centro rodeando el eje de la ruleta colocaba unas cañas con soportes donde depositaba las chucherías. Las chucherías se componían solamente de azúcar, un poco de zumo de limón y colorante rojo, todo se ponía al fuego lento y se caramelizaba. Emiliano creó un sistema en el que siempre tocaba, por una perra gorda los niños tenían derecho, si no le tocaba ningún premio, a una paleta muy fina de caramelo sobre un palillo de diente para paladearla y comérsela. Los premios eran los siguientes, de menor a mayor, siempre de azúcar realizada en unos moldes huecos, así mucho volumen y poca azúcar; la bota del tamaño de medio dedo, el gallo, el caballo, la vieja y el premio especial la torre. Confieso que nunca pasé de la bota, era muy difícil hacerse con un premio mayor, pero también tocaba algunas veces.
No solamente vendía en nuestro pueblo, él se trasladaba al vecino pueblo de Mairena, acompañado de algún hijo o jovencito al que le correspondía algo según las ventas, un par de reales como máximo. En una ocasión, y él lo decía muchas veces, le ocurrió un percance. Cuando volvía a nuestro pueblo cogía la calle Pedro Crespo, que en Mairena se conoce vulgarmente como el camino de El Viso, y antes de adentrase en la Trocha descansaba sentándose en un sardiné y allí recitaba su único pregón “Anda y verás hoy, como toca”. Resulta que en la casa que descansaba vivía un matrimonio que no conocía al ‘Vearajoy’. Ella se sentía molesta porque creía que ese pregón iba dirigido a ella, pasaron unos días y se lo comentó al marido …. «Mira, un hombre viene todos los mediodías y me dice cosas para sonsacarme ….»
El marido decidió volver al siguiente día antes de terminar su trabajo y escondido detrás de la puerta lo acechaba. Dicho y hecho. Llegó el ‘Verajoy’, se sentó, se quitó la gorra que siempre le tapaba los ojos y empezó a pregonar. Al momento el hombre salió violentamente a correr detrás de él con la tranca de puerta en la mano. Pedía socorro y gracias a algunos vecinos pudieron contralarlo y le contaron que ese hombre era vecino de El Viso y que vendiendo y pregonando sus chucherías se ganaba la vida. Así se resolvió el malentendido.
Emiliano se retiró en los años setenta, cansado de trabajar y andar, sus hijos se hicieron mayores y se dedicó a vivir su vejez junto a su esposa. El día veinticuatro de junio del año 1983, a la edad de setenta y seis años, nos dejó para siempre. Se podrían contar muchas historias, muchas anécdotas, pero no quiero hacer de este artículo una novela. Doy las gracias a su yerno, por las atenciones recibidas y la valiosa información. También me ha facilitado mucho el trabajo un artículo que se publicó en la Revista de las Fiestas de la Santa Cruz de 1999, que edita cada año la Asociación Cultural Amigos del Viso y que escribió nuestra amiga Conchi de los Santos Benítez (q.e.p.d.) y que recomiendo leer a toda persona que esté interesada en el personaje, merece la pena. Para información a los lectores que no dispongan de las revistas de la Santa Cruz, pueden dirigirse a la Biblioteca Pública Miguel de Cervantes de nuestra localidad, donde están todas las revistas de la Asociación Cultural Amigos del Viso.
José María López


